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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 
Capítulo 12 

E\ ministerio sumosacerdotal 
de Jesús 



Me dirigía hacia California para predicar en una reunión, y quien 
me había invitado me había sugerido el tema de mi presentación: 
"El futuro de la teología adventista del Santuario". Durante el 
vuelo comencé a conversar con un caballero que estaba sentado 
junto a mí; y después de intercambiados los saludos de rigor (dónde vivimos, 
hacia dónde nos dirigimos), llegamos al tema de los propósitos de nuestros res- 
pectivos viajes. Le dije que yo iba a presentar un tema. 

La conversación cesó y cada uno se dedicó a lo suyo hasta la hora de la comida 
(en aquellos días se servía una comida en los vuelos largos en Estados Unidos). 

— ¿Y de qué va a hablar? — me preguntó después de la comida. 

Mientras luchaba para hallar las palabras adecuadas para exphcarle en forma 
comprensible mi tema, describírselo en términos que pudiera relacionarlos con 
su vida, aprendí algo acerca de la necesidad de expresar nuestro "mensaje del 
Santuario" en categorías accesibles a nuestros contemporáneos. Y yo sugeriría 
que una forma es darle un toque de humor. 

Quizá esto le sorprenda y le parezca inaceptable a primera vista, dada la natura- 
leza sumamente seria del tema. Pero no creo que nos dañe para nada admitir 
que tenemos entre manos un tema desusado, un concepto que está fuera del tri- 
llado sendero de la comunidad. Es asombroso descubrir cuan dispuesta está la 
gente a escucharnos cuando descubren que tenemos sentido del humor y no nos 
tomamos a nosotros mismos demasiado en serio. 

De modo que antes de responder una pregunta como la que me planteó aquel 
caballero en al avión aquel día, quizá decidamos advertirle a nuestro oyente que 

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puede ser que nuestras respuestas le suenen extrañas, que quizá le bloqueen la 
mente, y, ¿está listo para ese desafío? 

En otras palabras, deliberada, y humorísticamente, lo hacemos sonar peor (es 
decir, más descabellado y complejo) de lo que probablemente es. De esa mane- 
ra lo preparamos para que cuando terminemos, diga: "¡No estaba tan difícil, 
después de todo ! " 

Y, ciertamente, no lo es. Grandes cantidades de personas en el planeta están re- 
lacionadas con el concepto básico de sacerdotes y sacerdocio. Nuestro trabajo, 
entonces, es, simplemente, redirigir su pensamiento hacia la realidad de algo 
similar a nivel cósmico. En la medida en que la persona esté familiarizada con 
el hecho de que un sacerdote es, esencialmente, alguien en quien podemos sen- 
tirnos seguros al confiarle nuestras confidencias y confesiones, podemos iniciar 
una conversación. (Más tarde podemos pedirle que abandone la noción de que 
se puede encontrar ese tipo de ministerio en la tierra.) Pero por el momento po- 
demos utilizar esa idea común para señalarles a nuestro Sumo Sacerdote a 
quien podemos aproximarnos "con confianza", plenamente convencidos de que 
"puede compadecerse de nuestras debilidades", pues fue "tentado en todo según 
nuestra semejanza, pero sin pecado" (Hebreos 4:14-16). 

Y deberíamos enfatizar el punto de que podemos ir a él directamente, sin la in- 
tervención de ningún mediador humano o angélico. En una época cuando todos 
están buscando, ansiosos, alguien que quiera escucharles, usted les dice (por su 
experiencia personal) que podemos acercarnos "confiadamente al trono de la 
gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" 
(Hebreos 4:16). ¡Deben saber, además, que las líneas siempre están abiertas, 
nunca se escucha una señal de "ocupado", y jamás escuchará una máquina con- 
testadora! Y recuerde, usted debe tener buen sentido del humor para que todo 
funcione: tienen que ver su sonrisa y sentir el relajamiento en su voz. 

Como las nociones de "sacerdote" y "sacerdocio", la noción de "Santuario" 
también es muy común. "Ofrecer Santuario" es una expresión universal para re- 
ferirse a proporcionar protección y seguridad. La brillante novehsta inglesa, 
Edith Pargeter (que usa el pseudónimo de Elhs Peters), presenta una interesante 
ilustración del concepto de santuario en la descripción que hace de un joven 
fugitivo quien, perseguido por una multitud asesina, irrumpe en la iglesia del 
monasterio y se aferra al "borde de la cubierta de tela del altar con desespera- 
ción de vida o muerte". 

Mientras es brutalmente golpeado por la chusma, que lo ha seguido hasta de- 
ntro del recinto sagrado, el Abad Rudolphus, apoyado por sus compañeros 

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monjes y otros "hermanos" acude a rescatarlo. "¡Salvajes! ¡Deténganse! ¡Blas- 
femos!", continuó diciendo Rudolphus, "¡Salgan de este lugar santo inmedia- 
tamente! ¡Vamos, antes de que yo condene sus almas eternamente!" 

Todos reconocieron instintivamente la acción del fugitivo. "Si la ley misma es- 
tuviera aquí", continuó Rudolphus, "no hay ningún poder que pueda sacar a es- 
te hombre del santuario en que ha venido a refugiarse. Ustedes debieran cono- 
cer su derecho a esa protección tan bien como yo. Y el peligro para el cuerpo y 
el alma de todo aquel que se atreva a profanar el santuario. ¡Fuera! ¡Llévense la 
contaminación de su violencia fuera de este santo lugar!" 

La noción sobre la cual Peters basó su historia es tan bien conocida ahora como 
lo fue en el siglo XII, y empleada en una amplia variedad de contextos en rela- 
ción con los refugiados, prisioneros políticos, especies animales en pehgro de 
extinción, etcétera. 

Considerada así, la noción de "santuario" nos da un fondo común del cual saca- 
remos información mientras tratamos de presentar al Santuario celestial como 
un lugar de seguridad, protección y sanidad. Sí, es verdad que el ministerio ce- 
lestial de Jesús incluye el juicio (el cual, por desgracia, no trataremos por falta 
de espacio), pero si comenzamos allí nuestras indagaciones podemos distorsio- 
nar esta maravillosa verdad bíblica cuyo propósito fundamental es proporcionar 
esperanza a la humanidad cargada con el peso de la culpa y la desesperación. 
Después de todo, quienquiera que seamos, ese ministerio es nuestra única fuen- 
te de esperanza. 

Sólidamente bíblica 

La prueba final de cualquier doctrina es si tiene o no un sólido fundamento es- 
criturístico. Y con respecto al concepto fundamental del Santuario, ningún eru- 
dito bíblico tendría la temeridad de negar que se encuentre en toda la Bibha. El 
Santuario estaba en el mismo centro de la adoración israehta, y el Nuevo Tes- 
tamento aclara sin ningún lugar a dudas, tanto simbólica como explícitamente, 
que la antigua economía ha sido sustituida ahora por una economía celestial. 
La mayor indicación simbólica se produjo mientras Jesús moría: "El velo del 
templo se rasgó en dos, de arriba abajo" (Mateo 27:51). Y el significado es in- 
evitable: el viejo orden había sido irrevocablemente cambiado por aquel que 
rompió el enorme velo de arriba hacia abajo, exponiendo a la vista de todos un 
lugar antes considerado sagrado, pero que ahora ya no lo era. En lo sucesivo el 



is Peters, The Sanduary Sparrow (Nueva York: William Morrow & Company, 1 983), pp. 10, 13. 
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símbolo habló con palabras demasiado claras para confundirlas: el foco de 
atención ha cambiado de la tierra al cielo. Aquel que fue proclamado por Juan 
como "el Cordero de Dios" (Juan 1:29) acababa de ser ofrecido en sacrificio: él 
mismo era tanto la víctima como el sacerdote. Y ahora, por medio de su muer- 
te, entraría, no a un Santuario terrenal, un templo hecho con manos humanas, 
sino al "verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre" (Hebreos 
8:2). Esteban, antes de ser apedreado hasta morir, vio en visión a Jesús en aquel 
sagrado lugar, y expresó la sublime revelación en palabras que hizo que sus 
acusadores se taparan los oídos para no escuchar el extraordinario testimonio: 
"He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de 
Dios" (Hechos 7:56). 

Algo muy importante que debe notarse en conexión con la "presente obra" de 
Jesús en el Santuario celestial es que no empaña su obra terminada en la cruz. 
Debemos sostener con la más irreductible insistencia que cuando Jesús murió 
en la cruz del Calvario hizo una completa expiación por nosotros. Como escribí 
en otro lugar, cuando los adventistas hablan de la obra actual de Cristo, "no le 
restan importancia en lo más mínimo a la centralidad de la cruz. Más bien, lo 
que se proponen es sugerir que la cruz alcanza más allá del Calvario, más allá 
del año 31, d.C; llega hasta el Santuario celestial mismo, el asiento del gobier- 
no divino, el nervio central de la salvación humana, donde Jesús ha entrado 
como 'precursor nuestro, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de 
Melquisedec'". ^ 

Algunos tienen dificultades para comprender cómo pueden estos dos conceptos 
ser paralelos, sin entrar en conflicto el uno con el otro. Debemos ser pacientes 
con ellos, pero nunca debemos abandonar aquello que es tan bíblicamente cla- 
ro, a pesar del número de cristianos que nunca lo comprendan, o lo acepten. 

Dos preguntas muy comunes 

1. ¿Qué hace en realidad Jesús como sumo sacerdote? 

La pregunta no es fácil de contestar de modo que la respuesta sea lógica para la 
mente científica. Lo que haremos finalmente será, simplemente, dejar que la 
Biblia nos proporcione su propia respuesta. 

En los capítulos 1-7 de Hebreos, el escritor urde un elaborado tejido teológico 
para expresar su idea acerca de la singularidad de Jesús. Luego, al llegar al 
capítulo 8, resume el tema que ha venido elaborando: "Ahora bien, el punto 



Roy Adams, E\ Santuario (Bogotá: Asociación Publicadora Interamericana, 1 
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principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el 
cual se sentó a la diestra del trono de la majestad en los cielos, ministro del san- 
tuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre" 
(Hebreos 8:1, 2). 

Lo que sigue en los capítulos 8 y 9 de Hebreos sería una serie de comparacio- 
nes y contrastes entre la economía del antiguo tabernáculo y el "mejor", es de- 
cir, el superior, el ministerio del Santuario celestial que lo sustituyó. El capítulo 
9: 11, 12 nos da la esencia: "Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de 
los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho 
de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni 
de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar 
Santísimo, habiendo obtenido eterna redención". 

Aquí hay dos cosas que el autor quiere que sus lectores entiendan. Una es el 
significado teológico de estas realidades, y la otra es su dimensión práctica. El 
significado teológico, ya resumido en 8: 2, es que ahora tenemos un sumo sa- 
cerdote superior, el Hijo del Dios viviente. Como los antiguos sumo sacerdotes, 
es humano; pero a diferencia de ellos, él es divino y absolutamente perfecto. 
Sobre la base de su humanidad, tiene la capacidad de "compadecerse de nues- 
tras debilidades" (Hebreos 4:15); y sobre la base de su divinidad "puede tam- 
bién salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios" (7:25). 

El punto práctico del apóstol se centra alrededor de la idea de acceso. Dentro 
del entorno físico del antiguo campamento israehta, los adoradores ordinarios 
quedaban separados del Lugar Santísimo del Santuario por varias barreras que 
nunca podrían franquear. Solo el sumo sacerdote tenía acceso, y eso una sola 
vez al año, en el Día de la Expiación. Pero ahora, a través de Cristo, nuestro 
Mediador celestial, se ha abierto una puerta de acceso ilimitado para nosotros, 
sin distinción de ninguna dase, una puerta al Santuario celestial mismo, a la sa- 
la del trono del Dios viviente. "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de 
la gracia", dice el escritor sagrado, "para alcanzar misericordia y hallar gracia 
para el oportuno socorro" (Hebreos 4:16). 

¿Entonces, qué está haciendo? De acuerdo con Hebreos, en su función de sumo 
sacerdote, "en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para soco- 
rrer a los que son tentados" (Hebreos 2:18); intercede por nosotros (7:25), obra 
para dar solidez a la lealtad de su pueblo escribiendo sus leyes en sus mentes y 
corazones (8:3-10); por medio de su sangre limpia nuestras "conciencias de 
obras muertas para que sirváis al Dios vivo" (9:13, 14); y obra para poner fin al 
larguísimo período de crisis que los adventistas llamamos el conflicto de los si- 
glos (10:11-13). 

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No podemos saber con exactitud la forma en que Jesús realiza su intercesión 
por nosotros. Pero las Escrituras nos ofrecen varios ejemplos de la idea general, 
aunque sea desde el punto de vista humano. Dos de estos ejemplos ocurrieron 
en la vida de Moisés, en conexión con la rebelión de Cades (Números 14:10- 
20) y en conexión con el becerro de oro (Éxodo 32:9-14, 30-32). "Que perdo- 
nes ahora su pecado", dijo Moisés a Dios, "y si no, ráeme ahora de tu libro que 
has escrito". También podemos ver estas formas de intercesión sacerdotal en 
Daniel (Daniel 9) y en la gran oración de Jesús antes de su pasión y muerte 
(Juan 17). 

La función de Cristo en el Santuario celestial abarca muchas dimensiones, pero 
en el nivel personal podemos reducirlo a la intercesión. Y para comprender lo 
que eso significa tenemos su oración en Juan 17 como ilustración. Como una 
forma de comprender lo que él está haciendo ahora por nosotros, ese capítulo 
es de una importancia suprema. Cuan maravilloso es saber que Jesús mismo in- 
tercede por nosotros, ora por nosotros, y nos lleva sobre su corazón que una vez 
sangró por nosotros. 

2 ¿Tienen aquellos que conocen a Jesús solo como Salvador una desventaja 
comparados con aquellos que lo conocen como Salvador y como Sumo Sacer- 
dote? 

Lo difícil aquí es contestar esta pregunta inmensamente difícil sin hacer com- 
paraciones ofensivas con otros cristianos. Cualquier adventista que ha interac- 
tuado con personas de otras denominaciones (incluso con personas "seculares") 
admitiría fácilmente que los encuentra tan corteses y refinados, pacientes, mise- 
ricordiosos, generosos y moralmente rectos como nosotros; y a veces (la verdad 
sea dicha) mejores. Por eso constituye un asunto considerablemente delicado 
señalar con el dedo donde está la diferencia, si es que hay alguna. ¿Cuál es el be- 
neficio práctico y teológico de "nuestro mensaje del Santuario"? 

Yo sugeriría que, finalmente, se reduce a la cuestión de lealtad y fidelidad. Es 
significativo que cuando el autor de Hebreos quería establecer la fe de sus lecto- 
res, se volvió a la doctrina del Santuario: 

"Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por 
la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través 
del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de 
Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe [...]. 
Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel 
es el que prometió" (Hebreos 10:19-23). 



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El lenguaje del pacto y la fidelidad permea el libro de Hebreos. Y la diferencia 
que estamos buscando se encuentra precisamente aquí, y tiene la asombrosa im- 
plicación de entrar "al Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo" (cf. véase 
Hebreos 4:16). 

Seguir a Jesús por la fe hasta el Lugar Santísimo significa, no solo tener nuestra 
alma purificada por su maravillosa gracia, sino también experimentar un nuevo 
aprecio por el pacto eterno, simbolizado por su inmutable ley colocada dentro 
del arca sagrada, que antiguamente estaba en el lugar más sagrado detrás del velo 
(Hebreos 8:10). Esta transacción, de gran significado en el contexto de lo que los 
adventistas llamamos "el gran conflicto entre el bien y el mal", define la diferen- 
cia que la enseñanza del Santuario hace para nosotros. Por fe podemos entrar 
con plena seguridad al sagrado lugar donde Jesús ministra en nuestro favor. Y 
allí, en contra de todas las probabilidades, nos aferramos a aquel cuya infalible 
promesa está simbolizada por el arca del pacto. 

Daniel, en el cautiverio babilónico, comprendió esto. Fue su enorme preocu- 
pación por el Santuario la que creó y preservó su invencible lealtad y fidelidad 
a Dios frente al pehgro de muerte. No es por accidente que el punto central de su 
libro es la soberanía de Dios y la integridad de su Santuario, dos elementos que 
lo sostuvieron durante la crisis de adoración instigada por los funcionarios de 
mayor rango en el gobierno, diseñada para destruirlo. Para él era elemental el 
hecho de que el decreto de no hacer ninguna petición a ningún dios, excepto 
a Darío, durante treinta días, bajo pena de muerte en el foso de los leones (Da- 
niel 6:5-9), constituía una afrenta directa y abierta contra la ley de Dios que 
formaba la base del pacto de Yahweh con su pueblo, simbolizada por el arca 
del pacto que estaba alojada en el Lugar Santísimo del templo hebreo. "No 
tendrás dioses ajenos delante de mí" (Éxodo 20:3), decía el primer precepto. 

Daniel comprendió que de todas las instrucciones que Yahweh le había dado a 
Moisés, aquellos Diez Mandamientos eran el único segmento que Dios había de- 
cidido escribir con su propia mano. Y cuando, con santa indignación, Moisés hab- 
ía roto las tablas originales, ni siquiera entonces confió Dios que los escribieran 
manos humanas. ¡Más bien, él los escribió la segunda vez! (véase Deuteronomio 
10:1, 2). Aquel fue el documento que, bajo la explícita indicación de Dios, 
Moisés colocó dentro del arca sagrada, en del departamento más oculto del ta- 
bernáculo, indicando con ello su asombrosa importancia y santidad. 

La historia está allí para que la lea el que quiera. Y es una arrogancia espiritual 
solo igualada por Satanás, que una persona o un grupo de personas pretenda 
alterar o abrogar lo que Dios mismo ha escrito. Pero el Santuario se yergue 
contra cualquier intento en este sentido, y por eso figura en la lealtad y la fideli- 
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dad del remanente final. Daniel se levanta como un símbolo del remanente esca- 
tológico, que decidirá honrar a Dios no importa cuan grandes sean las amenazas 
o la crisis que afi'onten. 

Elena G. de White contempló en una visión los símbolos que muestran estos im- 
portantes elementos de la verdad. Dice que vio en el Santuario celestial "los Diez 
Mandamientos escritos", con "un halo de gloria alrededor del mandamiento del 
sábado". ^ De tal simbohsmo los adventistas han llegado a comprender el gran valor 
divino colocado sobre aquellas Diez Palabras. De modo que, a diferencia de toda la 
cristiandad, lista para tirar por la borda cualquier porción de la santa ley de Dios que 
encuentran inconveniente o incómoda, los adventistas están preparados para per- 
manecer firmes en su lealtad, sin importarles el costo. 

Anclados en ese firme fundamento, nos mantenemos seguros contra todo concep- 
to o filosofía (sea la evolución, el ateísmo, el materialismo, o cualquier otro) que in- 
tente derribar al Dios eterno de su sagrado trono o disminuir la vahdez de su eterna 
ley guardada bajo el propiciatorio, el trono del poder universal. Morando alK en 
espíritu, nos mantenemos inconmovibles contra cualquier cambio, ya sean pun- 
tos de vista que conduzcan al abandono de la santa ley de Dios, o conceptos evo- 
lucionistas de los orígenes que procuran expulsar al Dios viviente de su universo. 
La doctrina del Santuario llega a ser, de este modo, una protección para nosotros 
contra la rebelión, y asegura para Dios un remanente fiel en un mundo en rebelión. 

Tanto práctico como personal 

A medida que meditamos en el tema del Santuario para nuestra propia edifica- 
ción y enriquecimiento, y mientras procuramos compartirlo con otros, deber- 
íamos recordar siempre mantenerlo en la tierra, al alcance de todos. Hay, por 
supuesto, ciertos aspectos técnicos, de la doctrina. Pero procuremos mantener- 
nos conscientes de que es tanto práctico como personal. Deberíamos dar a la 
gente la oportunidad de conocer (si seriamente es verdad para nosotros) lo que 
este mensaje ha llegado a significar en nuestra vida personal. 

En mi caso, el pasaje del Santuario del Salmo 20:1, 2 me ha ayudado enorme- 
mente a comprender la parte práctica y personal del ministerio celestial de 
Jesús. Dice: "Jehová te oiga en el día de conflicto; el nombre del Dios de Jacob 
te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario, y desde Sión te sostenga". 

No, no veo en el pasaje nada parecido a una fórmula mágica; ni supongo tam- 
poco que apelando a su promesa le tuerza el brazo a Dios en mi favor. Y sin 

' Elena G. de White, Christian Experience and Teaching, pp. 90, 91. 

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embargo, mi testimonio es que en todo tiempo de extrema dificultad o crisis, 
cuando apelé a Dios en el contexto de esta promesa, él me ha ayudado. 

A cualquiera que pregunte por qué apelar a Dios en el contexto del Santuario 
celestial debiera hacer una diferencia, mi respuesta siempre está lista: En reali- 
dad no sé. Pero tampoco sé cómo funciona la electricidad, o mi computadora. 
Pero las utilizo todos los días. 

No, no oro con frecuencia en el contexto de la promesa del Salmo 20. Pero en 
tiempos de extrema y genuina dificultad, el Espíritu me trae la promesa a la 
memoria, y me refugio allí. Y como una explicación a mi propia mente de lo 
que está sucediendo, vuelvo a la oración de Salomón en la dedicación del tem- 
plo de Jerusalén. Una y otra vez, el rey alude a la centrahdad del templo, pi- 
diendo a Dios que oiga "la oración de tu siervo y de tu pueblo Israel; cuando 
oren en este lugar" (1 Reyes 8:30). No menos de siete veces expresa Salomón 
el mismo sentimiento apelando cada vez a Dios a escuchar a su pueblo cuando, 
en tiempos de calamidad, "oraren a Jehová con el rostro hacia la ciudad que tú 
elegiste, y hacia la casa que yo edifiqué a tu nombre" (1 Reyes 8:44). Y en cada 
caso, el rey se adelantó a su tiempo, reconociendo que, mientras se enfocaba su 
atención en el templo terrenal, conocía la verdadera fuente de su ayuda, repi- 
tiendo una y otra vez la fórmula: "Tú oirás en los cielos su oración" (1 Reyes 
8:45). 

Como Daniel comprendía este concepto, cuando hizo frente a una gran crisis oraba tres 
veces al día, "abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén" (Daniel 
6:10). Y cuando oró hacia Jerusalén y hacia el templo en ruinas, Dios escuchó desde 
su morada en el cielo, y contestó su oración. 

De modo que, con fe sencilla digo que algo ocurre cuando oramos hacia el 
Santuario, no hacia el templo terrenal (porque su tiempo ha pasado), sino hacia 
el celestial, donde Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote, ministra en nuestro fa- 
vor. No puedo explicarlo, pero es como si Dios se llenara de gozo porque nos 
acercamos a él en el contexto del ministerio sumosacerdotal de su Hijo Jesús en 
ese sagrado lugar. 

Para mí, personalmente, entonces, el ministerio sumosacerdotal de Jesús está 
muy lejos de ser teórico, lejos de ser abstracto. Es parte de mi vida espiritual, y 
me llena de esperanza y confianza. Y me alienta grandemente saber que alguien 
está de mi parte en el mismo centro del poder cósmico. 



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